literatura

Homenaje a Mario Vargas Llosa

Michael Booth

Deseo regresar quince años, quitarme la camisa blanca con botones en el cuello, la corbata tajantemente amarrada, y la placa blanquinegra. Si pudiera deshacerme del fanatismo auto-asegurado e impenetrable de mi fervor religioso juvenil, no hubiera abordado  el avión en un invierno Utahno cruel de enero de 2001 y catorce horas después bajar en un verano cálido y árido limeño. Cambiaría mi mentalidad dogmática, esa impertinencia pueril aunque no del todo intencional. Erguido y con paso cierto y los pensamientos centrados en convertir a los peruanos a unas verdades religiosas, jamás pisaría, de acuerdo con mi actualidad, la tierra de los Incas, los Andes y la Amazonía con la intención de salvar almas.

No hace mucho, al estar leyendo la Historia de Mayta, me acordé de ese error y me llené de remordimiento de cuando confundía la ficción ideológica por la realidad. Mayta, un militante trotskista dedicado al faccionalismo ideológico de la izquierda, se confronta con las contradicciones de su certeza ideológica, su visión de la la naturaleza de las cosas, y su política al estar llevando a cabo una revolución. El diálogo interno de Mayta, al estar amenazado por la realidad de una revolución fallida, me recordó demasiado de los años cuando batallé dentro de mí con la evidencia contradictoria que se encontraba por doquier. Este tema, de la imaginación y la realidad confusa, es central al argumento del libro, y se incorpora brillantemente en la figura del narrador, quien parece ser Vargas Llosa mismo. El lector se ancla con esta voz objetiva, aunque al final descubre la ficción dentro de la ficción y pierde toda confianza de que se esté contando algo certero.

Un reconocimiento similar, aunque diferente, me llegó cuando leía La guerra del fin del mundo. Vi en mi ser más joven, la asegurada certeza del frenólogo dogmático, Galileo Gall, quien tenía la intención de traer la revolución y la iluminación al Brasil. El frenólogo contaba con su cosmología, su explicación de la historia y del futuro por medio de las doctrinas socialistas, y su profeta de la verdad, Franz Joseph Gall, y sus habilidades  de leer la personalidad y carácter de uno mediante la morfología del cráneo. Yo contaba con las verdades reveladas de un variante norteamericano, evangélico y protestante, es decir de la profecía por vía de José Smith y su explicación de la historia y el futuro por medio de los textos bíblicos, el sobrenaturalismo y autoridad de un sacerdocio, y la habilidad imaginaria de ver lo que otros no veían por medio de dones del espíritu santo. Galileo Gall es solamente uno de los muchos fanáticos que se encuentran en La guerra del fin del mundo, los cuales llegan a un conflicto explosivo por su falta de poder comunicar sus cosmovisiones contradictorias el uno al otro.

ff6df08b-b681-4e4f-a371-34ccf313a088_879_586

Una fascinación con el fanatismo y la ideología, juntas con la incomensurabilidad de cosmovisiones serias, son temas que me atrajo en el principio a Mario Vargas Llosa. La guerra del fin del mundo fue uno de los primeros libros suyos que leí. Lo descubrí en los estantes de una tienda pequeña de El Chaltén, Argentina. Unos pocos días antes me casé con mi esposa amada en las alturas montañosas de la Patagonia en medio de un amanecer brillante que iluminaba el Monte Fitz Roy, el paisaje más impactante, escabroso, y majestuosa que jamás he conocido. Mientras una tormenta Patagónica de dimensiones épicas nos mantuviera dentro del hotel por cuatro días, me despertaba temprano para disfrutar de la visión asombrosa del amanecer y perderme completamente en la historia de Canudos, Brasil, donde la fuerza armada de la república procuraba aplastar un levantamiento religioso al fin del siglo diecinueve. Es probable que no lo vuelva a leer, aunque me tiento a menudo. La experiencia fue tan profunda, una aventura literaria demasiado perfecta como para arriesgar un reencuentro con sus páginas. En mi opinión es una obra maestra, tal como las de Dumas, Zola, Dostoyevski, y Galdós. Es moderna, con un toque de realismo literario a la vez que es clásica con su dominio de la narrativa, su atracción a audiencias tanto intelectuales como populares, su manejo del tiempo y de la cronología, su aproximación a asuntos morales, políticos, y éticos, y su estructura y sistema completamente coherente de relatar historias.

Algo ha cambiado en mi placer de la literatura al leer a Mario Vargas Llosa durante los últimos dos años. Me he encontrado una preocupación con los problemas de mi propia cultura, mis propias paradojas e historias ideológicas, y me he dado cuenta de cuán importante es la ficción para comunicar lo que es tan difícil anunciar directamente.

La ficción nos muestra, sin explicitar su intención, y puede trasmutar lo inexpresable en una experiencia para el lector. Había tenido indicios de eso en Kurt Vonnegut, Tim O’Brian, Erich Remarque, y Elie Wiesel, autores quienes volvieron ficciones  sus propias experiencias como testigos a la profundidad y crueldad depravada humana, comunicando de esta forma a los lectores un mundo tan inconcebible cuando se basa solamente en los eventos, hechos, y estadísticas de la guerra y el genocidio. Elogio de la lectura y la ficción, el discurso que pronunció Vargas Llosa al recibir el Premio Nobel, es un tratado del arte de combinar la ficción con la realidad, tanto como la importancia de la novela al mundo actual.

Mediante la lectura de la ficción he tomado más interés en la obras de no ficción. Impulsado por Vargas Llosa he debatido con Karl Popper, tanto en su teoría política como en su filosofía y lógica del descubrimiento científico y su justificación. Al entrar en conversación con Popper, a la vez tuve que encontrarme con Platón, Hegel, Marx, y Hume. Las corrientes del pensamiento popperiano sobre la importancia de la crítica intelectual, o las fallas en el historicismo y en la ingeniería social al azar se presentan en la ficción y los ensayos de Vargas Llosa, juntos con un compromiso sartreano a la acción por medio de las palabras y la política. No creo que se pueda comprender la política de Vargas Llosa, muchas de la cual se considera en El pez en el agua, La civilización del espectáculo, y Piedra de Toque, sin leer a los filósofos quienes influyeron en él.

En Vargas Llosa se encuentran tantos elementos y temas que es muy difícil explicar su obra entera. Hay la forma sin complejos y muy realista en que se narran la violencia y el poder, elementos centrales un La fiesta del chivo, Conversación en la catedral, y Lituma en los Andes. Una historia que narra la intolerancia étnica y de clase en una lucha del poder recíproca se realiza en una novela policial, ¿Quién mató a Palomino Molero?. El machismo se invierte para revelar su lado absurdo, su dolor, y  su desesperación, en una historia de amor internacional, Travesuras de la niña mala.  El arte y el erotismo se complementan perfectamente en la palabra escrita y la fantasía dentro de Elogio de la madrastra. Una figura histórica se narra como gran humanista a la vez que se ubica atrapado en él un personaje encantado por la violencia nacionalista en El Sueño del celta.

Tal contenido formidable se complementa con un estilo y una forma igualmente impactante. Vargas Llosa experimenta con el tiempo al esparcir escenas del pasado dentro de un diálogo y narración del presente. La ubicación y cronología de una historia aparentan estar desconectadas, pero lentamente se ponen coherentes; la narración y su método se vuelven algo que cambia con el ritmo de lo que se narra. En Pantaleón y las visitadoras, Vargas Llosa nos relata la historia por medio de los detalles pequeños que siguen al diálogo hablado de los personajes, un método que no es solamente un deseo de probar algo nuevo en servicio del arte literario, sino una forma de repartir información que se interviene en las técnicas y perspectivas de la  narrativa tradicional. En La casa  verde, dos versiones diferentes del mismo lugar se entrelazan, aunque se  realizan en diferentes momentos. Un protagonista, Jun, quien existe en una historia paralela, nunca es visto directamente por el lector, aunque se le conoce por las referencias que otros personajes le hacen. En La tía Julia y el escribidor, las anécdotas biográficas se mezclan con telenovelas, aunque las telenovelas revelan el mundo interno de su autor, Pedro Camacho, cuya estabilidad mental está desintegrándose.  En La ciudad y los perros, tres estudiantes cadetes se enamoran de la misma mujer, aunque el marco y la perspectiva de los acontecimientos nos confunden a tal punto que el lector no las entiende completamente hasta que se termine la novela. El estilo, la estructura, y el contenido se combinan maravillosamente y, para el lector, con coherencia y  sin que la técnica se haga obvia. Las estrategias de autor de Vargas Llosa son invisibles cuando se lee, aunque discernibles mediante la reflexión.

Hace quince años que llegué al territorio peruano. La llama celosa del fanatismo mormón se ha extinguido en mí hace tiempo ya, tanto como cualquier creencia en sus doctrinas. Aun así me ha perdurado un deseo de comprender lo que no conocía, a aprender en cuenta de entrometerme, tomar lo ofrecido en cuenta de exigir. Mario Vargas Llosa ha contribuido a esta reconciliación intelectual mío con el pasado, y forma una voz que me sigue fascinando en mi presente diferente.

 

 

 

 

 

Previous ArticleNext Article

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.