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Una carrera hacia el valor en el Cusco

Sus ojos como nudos, amarrados vez tras vez, en un tablón áspero cual cara, el taxista me miraba mientras anunciaba mi destino por su ventana abierta. Asintió con la cabeza y me invitó a subir. Lo hice, preguntándome si me equivocaba.

Tomar un taxi requiere un balance entre inseguridad o miedo y la necesidad de llegar a algún lugar, sobre todo cuando se considera un “pirata” como éste, es decir un taxi independiente no afiliado con ninguna empresa o sindicato. Se oyen cuentos de taxistas quienes se confabulan con rateros o asesinos. Empero los taxistas se exponen más a peligro y tienen que juzgar rápidamente si hay seguridad en levantar a algún pasajero. Fácilmente podrían estar con la muerte como pasajero si no tienen mucho cuidado. La fortuna, psicología cotideana y la suerte se presentan en cada parada.

Confié y miraba como su carácter duro como tronco mal cortado se reblandecía mientras hablábamos y él manejaba.

Hizo todas las preguntas comunes en su español casi quechuañol. “Ah, habla español?” “De dónde es?” “Cuánto tiempo ya reside en el Perú?” Luego destapó su daga: “Qué piensa Ud. que es la causa de la pobreza?”

Soldering in Cusco
Soldering in Cusco

Soy cientifico social y éste fue el tema de muchas clases mías en posgrado. Podría conferenciar por horas al respecto. Comencé a eslabonar un argumento cuando sentí su incomodidad.

Frené y le dije: “Qué piensa Ud.?”

“Pues, yo pienso que la pobreza viene por las acciones de uno. A veces la gente no hace nada para salir adelante. No trabajan duro.”

“Soy de una comunidad de la provincia de Canchis. Mi familia era pobre. Salí y vine a la ciudad cuando era joven. Aquí trabajaba y estudiaba. Ahora tengo mi propio auto y estoy juntando mi dinero para comprar un terreno. Ya sé cuál voy a comprar. Me falta poco. Luego, me construiré una casa y abriré una taller de soldadura.”

Sucinto y dulce, esta historia de éxito. Casi limaba las luchas y ansiedades re-amarradas en sus ojos. Enfatizaba el individualismo y voluntarismo. Hablaba de elección y voluntad. No consideraba el dilema que para los campesinos no suele haber suficiente terreno para que todos los hijos puedan seguir en el campo.

Muchos, si no la mayoría, de los niños son expulsados o perciben la realidad y emigran. Vienen a la ciudad con poca educación formal y sin saber cómo sobrevivir. Buscan un nicho—un trabajo y amigos. Dependen, sobre todo en el comienzo, de parientes y paisanos de su comunidad quienes ya residen en la ciudad y pueden ayudarles a encontrar donde dormir y a qué dedicarse.

Sin embargo, su acento y su ropa les delata y confrontan prejuicio y explotación. Su reto no es fácil. Sí importa la voluntad, e importan también los contactos y, para decirlo simplemente, la suerte. Se percibe eso en las cábalas y rituales respecto de obtener buena fortuna para que se cumplan los deseos.

La historia del chofer corría a mucho más de cien por hora, aunque chillaban las llantas, para menospreciar la vida rural como paradigma de pobreza. Cubría de polvo y humo las costumbres de supervivencia en el campo, tales como el ayni, la mink’a, los cargos, y la devoción a los apus y las huacas. Su narración sonaba con la idea que la ciudad es un lugar de búsquedas, sueños, trabajos, y éxitos individuales, todo medido en posesiones materiales, negocios, dónde se ubica. Mediante la historia se hizo alguien.

El Cusco se colma de gente que busca vivir esta historia. Algunos lo logran y otros fracasan en el intento, mientras la mayoría se quedan en el borde del éxito, sus llantas apenas se mantienen en la pista y se sienten amenazados con desbarrancarse en cualquier momento. Si logran éxito, es momentáneo porque al pasar la curva ya aprecian otros paraderos y sueñan más.

La historia empaca todo en el carro del individualismo y en la medida de voluntad y acción.

Ignora lo que es básico en la vida citadina, tal como el grupo de amigos, la manada. Se forma rápidamente cuando los jóvenes comienzan a luchar por un lugar y posición en la ciudad. Este grupo jamás será el chofer solitario, dueño de su suerte y de un carro que corre con velocidad hasta el éxito.

Depende más bien del grupo y de la solidaridad, algo que fácilmente se trasforma en ayni. Se simboliza cuando después de jugar fútbol–sea un partido normal de domingo, un reto, o un campeonato—la manada que ha jugado junto compra algo de tomar y va pasando la misma botella y un vaso de uno en uno; todos comparten el mismo.

Hay muchas otras instituciones que posibilitan que el esfuerzo individual conduzca al éxito: la asociaciones vecinales, los sindicatos, las empresas, las parroquias y congregaciones evangélicas, grupos políticos, y más.

El realmente desafortunado es quien se encuentra carente de amigos o de otras personas quienes le apoyan, aunque esas relaciones no son la medida de la historia. La regla se establece únicamente en los bienes y en ser dueño de un negocio.

Al llegar a mi destino, el taxi se arrinconaba donde una acera nueva de cemento sobre una calle igualmente cementada y nueva. Sin embargo se destacaba la historia contada al igual que el taxi viejo y algo abollado. Es que es la meta de tantos.

Le pagué al taxista y al bajar le deseé éxito en el futuro, admirándome de cómo su cara y ojos se habían vuelto como madera bien pulida y cuidada mientras le escuchaba. Brillaban.

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