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Sueños, migración y jóvenes en Lima

Se sentó frente a mí en un Starbucks en Miraflores, Lima, lleno de energía y sueños. Le llamaré Maik (Mike en inglés). Un joven de veinticuatro años, acababa de llegar a Lima con pasión y esperanza.

Maik ya tenía un semestre de escuela culinaria, en Trujillo donde estaba viviendo, además de experiencia trabajando en un restaurante. Ahora quiere terminar su formación culinaria y abrir su propio negocio, su propio restaurante.

Mike y amigos en la escuela culinaria
Mike y amigos en la escuela culinaria

Su idea de un chef es de alguien con enorme habilidad culinaria, pero alguien que también podría tirar sus implementos y producir la comida con arte y capacidad, casi como un malabarista. La masculinidad y la habilidad de actuación visible le llenaban de ganas, casi como si estuviera hablando de evadir en el campo de futbol a quienes les marcaban y meter un gol en la Copa Mundial.

Esta habilidad, junto con poseer un lugar donde la gente vendría comer le da un sueño que realizar. No será fácil.

En Trujillo se enteró de lo difícil que era ir a la escuela, trabajar, activarse en una congregación, y tener que pagar el alquiler. Con los huaicos e inundaciones que azotaron la ciudad, su malabarismo se derrumbó y ahora se encuentra en Lima, empezando de nuevo, trabajando de vez en cuando arreglando teléfonos celulares con su cuñado y quedándose en la casa de su hermana.

La cocina se ha convertido en un sueño para muchos jóvenes peruanos. Cocineros estrellas como Gastón Acurio, a quienes la gente incluso intentó obligar a postularse para presidente nacional, y Virgilio Martínez llaman la atención y muestran a estos jóvenes de humilde formación que hay esperanza, futuro y sueños que cumplir.

Esa idea de la cocina y la formación culinaria como medio de movilidad e integración social es una de las que Gastón Acurio ha promovido ampliamente. Ha prendido fuego en el corazón de muchos jóvenes de la clase trabajadora, o de barrios más pobres.

Conocí a Maik cuando visitaba el Cusco. Tenía entonces diecisiete años y vendía acuarelas y otras pinturas en la calle, sobre todo alrededor de la Plaza, si es que podía evitar que la policía lo llevara a él y a otros mientras confiscaran las pinturas que habían comprado, así como sus portafolios de cuero. Además de decirle a todo el mundo que era Pablo Picasso y que pintaba los cuadros, tenía un encanto y una gracia para percibir el interés a su cliente y venderles.

Mike en un café en Miraflores
Mike en un café en Miraflores

Maik llegó al Cusco como un muchachito migrante de una comunidad rural de habla quechua para tratar de hacer una vida en la ciudad, ya que él y su familia no veía ningún futuro para él allí.

Le pregunté acerca de sus padres y la comunidad. Maik dijo que estaba cayendo ya la helada allí por estos días. Comenzó a recordar cómo cargaba bolsas pesadas de papas recién cosechadas hasta lugares altos y planos donde la helada es fuerte para así dejarlos a que congelaran. Al día siguiente volvían y recogían para hacer cachichuño, papas heladas como también les llaman. También recordó cargar otras papas para helar y descongelar una y otra vez. Se ponían negros y se convertían en chuño.

La voz de Maik estaba llena de calor e incluso se notaba que extrañaba algo. Le pregunté por qué no volvía a su comunidad para cultivar la tierra y estar con sus padres. Una sonrisa iluminó sus ojos y las comisuras de su boca por un minuto.

Luego lo cerró y dijo: “No, mi lugar está en la ciudad. Tengo que hacer algo de mí mismo aquí.”

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