Comentario, literatura

A propósito del nobel peruano Mario Vargas Llosa sobre el Cusco

El pasado doce de enero del año en curso Mario Vargas Llosa fue galardonado con el premio Don Quijote del periodismo en su duodécima edición. El artículo “Cusco en el tiempo” publicado un año antes en el diario El País, narra las impresiones del escritor en su visita al Cusco después de cinco años de no haber pisado esta ciudad.

Para el premio nobel es inevitable caer cautivado ante la belleza de la ciudad, según narra el Cusco le causa siempre la misma emoción, no solo por la dificultad que trae estar a los 3 400 metros sobre el nivel del mar, sino también por lo mágico que alberga el Cusco en sus amaneceres y en esa fusión de dos mundos, el prehispánico y el colonial, hoy adheridos inevitablemente en sus calles más céntricas y principales.

Mario Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa

El literato también nos habla de la nostalgia que le provoca el hecho de conocer la historia, de saber el sacrificio por el cual pasaron los hombres del ande bajo la opresión de los conquistadores.

Fiel a su religión el escritor resalta la Ruta del Barroco Andino, las iglesias de Andahuaylillas, Canincuna y Huaro. Con gran optimismo ve que en cinco años las cosas han mejorado un poco por aquí. Estas rutas por ejemplo hoy tienen carreteras asfaltadas, las iglesias están bien preservadas y operantes, además los jesuitas encargados de estas no solo se encargan de su mantenimiento, sino también de contribuir con el desarrollo de esta sociedad, con escuelas talleres y de más servicios, que la comunidad acoge como si el tiempo se hubiera congelado en esos lugares.

El escritor también reconoce en el arte de las iglesias el trasfondo andino que es inherente al arte cusqueño. Lo encuentra en todas las expresiones, no solo en las pinturas o esculturas, sino también en sus danzas ese mestizaje manifiesto, aunque también cree que los guías exageran un poco o se empeñan en profesar un folclore que se arrastra desde los tiempos de Pachacútec.

Para el escritor muchas cosas han cambiado en el Cusco desde su partida cinco años atrás. A su parecer esta ciudad está atropellada por la modernidad imperante que trae consigo el turismo y las necesidades de brindar servicios turísticos. Y no era para más, los cusqueños claramente podemos notar ese cambio en un hecho tan simple como el costo de vida.

Vargas Llosa recuerda en su artículo al escritor cusqueño Uriel García y a su ensayo “La caverna de la nacionalidad”, donde el escritor cusqueño habla de las chicherías, como esos lugares rústicos, caracterizados por tener un fogón y las paredes manchadas de hollín, donde en esos años se servían los guisos picantes más populares y las chichas más fermentadas que emborrachaban a los comensales que según García era donde se forjaba “el nuevo Indio”.

El nobel no se equivoca del todo. El Cusco en estos últimos años ha estado sujeto a más cambios que antes tal vez. Nos imaginamos la sorpresa del escritor al encontrar la plaza de Armas del cusco siempre tan pintoresca, pero ya llena de franquicias, como Starbucks, McDonalds, entre otras, pero las chicherías no están tan confinadas como él lo percibe.

Hay una fuerte resistencia. Después de todo siempre han pretendido abolir las chicherías. Lamentablemente el nobel no dio con nuestras palabras y nuestras rutas de la chicha que defendemos desde este medio. Las chicherías están ahí latentes, aun no tan lejos del centro histórico, en pleno corazón del Cusco. Claro que no es un servicio que se ofrezca mucho a los turistas.

El escritor también elogia el quechua cusqueño y el español que se habla en estas tierras del Sol y recuerda también al Inca Garcilaso de la Vega. El artículo lleno de la prosa que caracteriza al Nobel, definitivamente es un elogio para la ciudad del Cusco, pero denota que esta cultura es amplia y que hay lugares por los cuales le falta peregrinar al literato en esta ciudad.

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