cuentos

El Niño Manuelito y Julián

Niño Manuelito (Walter Coraza)

Un cuento tradicional de la ciudad del Cusco nos relata sobre un niño pastor llamado Julián. Él dedicaba todo su tiempo a cuidar de sus ovejas mientras que su padre se dedicaba a beber alcohol por la pérdida de su esposa.

Julián tenía una fuerte conexión con sus ovejitas porque paraba todo el día con ellas. Todas las ovejas tenían nombres curiosos y claro Julián las podía distinguir sin excepción alguna. Una noche, como de costumbre, estaba en la cama cuando de pronto su padre entró y en voz en alta le dijo a Julián: “Mañana quiero que trasquiles a todas las ovejas. Si no lo haces, venderé a todas y lo pagaras”.

El pobre niño estaba desesperado. Pensaba en como trasquilar a más de cien ovejas en un solo día. La cortadora de lana era antigua y mínimamente se podía trasquilar una oveja en un par de horas.

Cuando estaba pasteando sus ovejas muy desanimado. Una voz muy tenue le preguntó: “¿por qué estás triste?” y sin pensar quién le había preguntado respondió: “Es que mi padre me pidió algo imposible de hacer y no quiero perder a mis queridas orejitas”.

Otra vez la voz tenue le dijo: “No te preocupes, yo te ayudaré con tu trabajo”. Julián dio la vuelta y vio a otro niño igual que él. Le preguntó: ¿Cómo te llamas? y ¿qué haces aquí? El otro niño respondió me llamo Manuel y he venido para ayudarte.

Manuel llamó con una voz fuerte: “Chaska (estrella del idioma quechua)” y una luz deslumbrante se iba acercando hacia los niños. Era una ovejita de color negro que llevaba un collar que brillaba mucho como una estrella.

Esta mi ovejita nos ayudará para trasquilar a las ovejas. Esta oveja empezó a cortar la lana de las demás ovejas con los dientes. Haciendo un sonido de rechinar de dientes muy rápido. Empezó una por una hasta terminar.

Fue algo asombroso. Cuando llegó el padre de Julián se sorprendió al ver que todas las ovejas estabas trasquiladas. Le preguntó a Julián cómo había hecho para trasquilar a todas las ovejas. Julián respondió: “Lo hice solo con mis propias manitos, mofándose un poco”.

El padre, un poco furioso, le dio una tarea aún más difícil. Julián tenía que hilar toda la lana y, si no lo hacía, su padre mataría a todas las ovejas y castigaría al niño. Buscó rápidamente a Manuel para pedirle su ayuda y contarle lo que su padre le había pedido.

Manuel le dijo que eso era una tarea muy fácil. Su oveja Chaska les ayudaría con la tarea de hilar toda la lana. Chaska empezó a comerse la lana y por el trasero salía toda la lana ya hilada. ¿Quién lo hubiera imaginado? Era poco creíble lo que estaba sucediendo. Después de unas horas, la oveja de Manuel había terminado de hilar la lana y tuvieron más tiempo para jugar.

El padre, al llegar a la casa, vio que toda la lana estaba hilada. Molesto por que no creía que Julián lo había hecho, le dio un último trabajo. Julián debía teñir toda la lana de las ovejas de diferentes colores, pero el padre estaría presente cuando lo haría.

La suerte para Julián se le acababa. Corrió a buscar a Manuel y su oveja para contarle la última noticia. Los encontró frente al rio, pero Manuel le dijo a Julián que le cante una canción para le pudiera ayudar.

Julián no se sabía canciones ya que paraba todo el día con sus ovejas. Entonces vio lo que había a su alrededor y empezó a componer una canción. “Niño Manuelito que te puedo dar. Rosas y claveles para deshojar…”. Manuel aceptó y fueron a la casa. Por suerte el padre de Julián se había dormido. La oveja de Manuel empezó a comer hojas verdes junto con la lana hilada y por su trasero salía la lana ya teñida. Igual pasaba con otros colores. Comía frutas y plantas para sacar los colores.

Antes de que terminaran el trabajo, el padre de Julián despertó y vio todo lo que estaba pasando. Los niños empezaron a correr para escapar del padre de Julián, quien tenía un látigo en mano. Si los niños llegaban al puente del río, el padre de Julián ya no los podría alcanzar.

Pero antes de que lleguen. Manuel piso una espina y cayó al suelo de dolor. Julián se puso en frente de su padre y le dijo: “Padre, puedes castigarme todo lo que quieras, pero ayuda a mi amigo que está herido”.

El padre levantó a Manuel y se sacó un poco de cera de la oreja para ayudar al niño. Untó la cera en la parte donde estaba la astilla y la retiró lentamente. Manuel quedó curado y pudo ir a su casa.

El padre de Julián cambió completamente y para recordar al niño Manuelito decidió hacer réplicas de arcilla con todos los detalles incluso con la espina que pisó. Desde ese entonces se hacen los niños Manualitos y se venden en el Santurantikuy en la ciudad del Cusco.

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